Dios es el pedagogo por excelencia. Es experto en expresar en palabras sencillas o en imágenes ordinarias realidades muy profundas. Así predicó en Galilea y Jerusalén hace dos mil años y así sigue explicándonos a nosotros las cosas, por medio de parábolas, de gestos comunes que se convierten en manifestaciones concretas de realidades abstractas e incomprensibles para nosotros. Esto es lo que hace un buen profesor, logra explicar con sencillez lo que en la primera clase nos parece un misterio insondable.

No solamente es pedagogo. Sino que es un antropólogo experto, conoce mejor que nadie a la persona humana, su corazón, sus necesidades, sus anhelos. Y toma todo aquello que es parte básica y esencial de nuestra vida y lo convierte en un símbolo que nos manifiesta y dice algo de Él. Todo lo creado tiene la huella de su Creador y en todo lo que nos rodea Dios se nos manifiesta.

De este modo lo más básico como el alimento se convierte en un gesto místico, el pan se vuelve Dios; el agua expresión de su salvación y así, tantas cosas. Uno de estos símbolos que nos dice mucho de Dios, de nosotros mismos y en el fondo su acción en nosotros y de nuestra relación con Él, es el fuego. El fuego tiene un atractivo particular. Por ejemplo, hay un encanto especial en estar sentados durante la noche alrededor de una fogata que se consume lentamente. Puede ser por el calor que nos da, por la luz que ilumina en plena oscuridad o simplemente por el sonido de la madera al consumirse en el silencio. Es romántico o único tener una cena a la luz de las velas. En lugares fríos, la chimenea genera un ambiente en casa que nada más es capaz de lograr. Tiene algo que nos atrae y nos convoca, se convierte en un momento especial y entrañable.

No es para sorprendernos que el mismo Jesús se exprese de esta manera: “He venido a traer fuego a la tierra y cómo desearía que ya estuviera ardiendo” (Lc 12, 49). No importa si esta frase se dijo hace dos mil años o se dice hoy, la entendemos. Entendemos la pasión que transmite, el ardor en sus palabras, el anhelo, el impulso, la fuerza y la impotencia.

El fuego es también símbolo de pasión, de energía, de entusiasmo. Es lo que mejor logra representar cuando algo o alguien nos apasiona y nos conquista. El fuego es también rápido en contagiarse y expandirse. Y es el fuego un protagonista particular el día de Pentecostés, durante la venida del Espíritu Santo: “entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2, 3-4).

Viene el fuego de Dios, ese mismo fuego que ardía en el corazón de Jesucristo, que lo movió e impulsó toda su vida, y se posa sobre cada apóstol, para encender en ellos el fuego del amor de Dios. Tal vez no entendemos al Espíritu Santo, tal vez no somos teólogos ni grandes místicos, pero conocemos el fuego y entendemos su acción.

Al Espíritu Santo no lo vemos ni tocamos, sin embargo, percibimos su acción, es el viento que sopla y da vida, es el fuego que enciende y que consume. Calienta lo que es frío, ilumina al extraviado y enciende con su luz nuestros sentidos.

A partir de este momento, en que esas lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de los apóstoles, la llama que se encendió en sus corazones no se volvió a apagar nunca y comenzó a expandirse sin miedo. Fue un fuego que “purificó su fe como se purifica el oro” (1Pe 1, 7). Y los encendió de una manera en la que sólo el Espíritu podía hacerlo. Salieron del encierro en el que se encontraban y no tuvieron miedo de ir a contagiar la llama que ardía en su interior y que los consumía, que los hacía exclamar “¡ay de mí si no anunciara el evangelio!” (1Cor 9, 16).

“El amor de Cristo que se ha encendido en sus corazones los apremia, les urge” (2 Cor 5, 14). Eso provocaron esas lenguas de fuego desde ese día, lenguas de fuego que alimentaron para mantener vivas y que permitieron que los consumieran, como se consume lentamente la madera de una fogata, se enciende, arde, rechina, contagia, hiere, como dice san Juan de la Cruz, “llama de amor vivo, que tiernamente hiere”.

Los discípulos se dejaron herir por esta llama y se convirtieron uno con ella hasta que se apagaron, en palabras de san Pablo, “la vida es Cristo y la muerte una ganancia” (Flp 1, 21). Dieron la vida por Cristo extendiendo el reinado de su amor que primero había tocado sus corazones y los había transformado.

Nos atrevemos a pedir lo mismo para nosotros este Pentecostés,“Ven Espíritu Santo y enciende en nosotros el fuego de tu amor”.

Andrea Gómez, consagrada del Regnum Christi

Categorías: Oración

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