Romanos 6, 11
En la sociedad actual la vida cristiana se suele confundir con muchas cosas que no reflejan con certeza lo que es. Se le suele llamar moralista o anticuada, como si su estilo de vida ya hubiera pasado de moda y no respondiera a la realidad actual. O como si necesitara de una reforma, así como las leyes actuales o las normas de legalidad de las redes sociales que cambian y se actualizan cada mes. Al tener ese acercamiento a la vida cristiana nos parecemos un poco al joven rico, que se acerca a Cristo, bien intencionado, pero centrado en las normas, “¿qué he de hacer para ganar la vida eterna?” (Mt 19,16), o en otras palabras, es un “dame la lista de cosas a cumplir para que lo lleve a cabo y me organice”.

Esta manera de vivir la fe genera cierto cansancio y termina enfriándonos el corazón. Al final de la historia, sabemos bien que este joven no siguió a Jesús, sino que se marchó triste. Somos una sociedad legalista, todo tiene un precio, todo tiene una ganancia, en todo podemos calcular. Por esta mentalidad, nos es difícil entender la gratuidad de la vida cristiana y el corazón que la mueve. Nos es difícil entender que Cristo, por puro amor a nosotros, fuera enviado por el Padre para darnos vida en abundancia (Jn 10,10). Nos vieron perdidos en el camino y vino Jesús a mostrarnos el camino, a ser Él nuestro camino (Jn 14,6). No porque fuera a ganar algo con ello después, sino simplemente porque nos ama.

La vida cristiana, aunque incluye los mandamientos, no es sólo los mandamientos y éstos sólo tienen sentido en Cristo. Nuestra vida cristiana se resume en el seguimiento de Cristo. No es una serie de normas a seguir o unos mandamientos que cumplir. Es el seguimiento de una persona. De una Persona que, por amor y misericordia infinitas, que nunca seremos capaces de comprender, vino a salvarnos, a redimirnos y a involucrarnos de una manera inimaginable en su propia vida divina. Así es Dios, por gratuidad vino, no a darnos lecciones o a regañarnos por lo que hicimos en el paraíso y en los primeros miles de años de historia, vino porque nos vio con misericordia y decidió abrirnos las puertas del cielo y llamarnos también a nosotros sus hijos.

Y puesto que los hijos tenían en común la carne y la sangre, también Jesús las compartió (Heb 2, 14) Por eso tenia que ser hecho en todo semejante a sus hermanos (Heb 2, 17). Estamos vivos para Dios, en unión con Cristo Jesús (Rm 6, 11). Es nuestra vid (Jn 15,5), nuestra fuente (Jn 4, 14), nuestro alimento (Jn 6, 51). Nuestra promesa. “Cristo viene a revelarle al hombre el verdadero hombre” (RH 10).

Cristo es nuestro camino. Nuestro centro, criterio y modelo. En el camino y aventura de nuestra vida, vamos encontrando plenitud y sentido en la medida en que nos parecemos más a Jesús. Nuestro hermano, llamamos a la segunda persona de la Santísima Trinidad. Hermano y gracias a Él, podemos llamar a Dios, Padre. Han recibido un espíritu que los hace hijos adoptivos y nos permite clamar “Abba”, es decir Padre. Ese mismo Espíritu se une al nuestro para juntos dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo (Rm 8, 15-17). Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: Abba, es decir Padre. De modo que ya no eres siervo, sino hijo, y como hijo, también heredero por gracia de Dios (Gal 4, 6-7).

Esto no lo entendemos, no sólo porque a nivel conceptual sea difícil de entender, sino porque supera las medidas que le hemos dado a nuestro corazón. Cristo con su vida y muerte nos da a nosotros una nueva vida. Un nuevo modelo. Y cuando se va, cuando dejamos de verlo, nos da el mismo Espíritu que lo movió y empujó a Él (Mt 4, 1), para que también nos mueva, empuje y nos de Su misma vida a nosotros.

Derrama en nuestros corazones el Espíritu Santo (Rm 5, 5) Los que se dejen guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios (Rm 8, 14) Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «La misión del Espíritu de adopción será unirlos a Cristo y hacerles vivir en Él» (#690). “Ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios” (1 Cor 3, 23). Por este Espíritu enviado por Cristo somos capaces de seguir sus pasos, de aprender de Él y de imitarlo.

Cristo nos revela el amor del Padre, nos enseña cómo ser hijos, nos enseña su corazón que ama hasta el extremo. Y el Espíritu nos ayuda a vivir en Él. No somos capaces de entender el nivel de participación que tenemos en la vida divina, podemos llamarnos hijos porque realmente lo somos. “Consideren el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre: hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos” (1 Jn 3, 1). Actuemos como hijos, actuemos como nuestro Hermano, actuemos como Cristo.

Andrea Gómez, consagrada del Regnum Christi

Categorías: Oración

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