Mateo 3,17
Todos tenemos en casa un armario con los álbumes de fotos de nuestra infancia o una caja con fotografías sueltas de momentos importantes de nuestra vida. Supongo que ahora, a pesar de que todas las fotos sean digitales, se siguen vendiendo esos álbumes de fotos de “mis primeros pasos” o “libro del bebé”. Álbumes que eran una especie de diario de la infancia con espacios para: peso, estatura, fecha del primer paso, primer corte de cabello o primera fiesta de cumpleaños, y tantas otras cosas.

Creo que todos, en momentos de nostalgia, hemos ido ese armario o caja para sumergirnos, solos o en familia, en esos recuerdos del pasado. Una foto que todos tenemos en estos álbumes, es la de nuestro bautismo. Al ser tan pequeños no es un momento que realmente recordemos, o que sea ese momento especial en nuestras vidas, pero está. Está la foto con el vestido blanco que ha pasado de generación en generación, la foto con la familia, los padrinos, el momento del bautismo en el que tal vez lloras, y las fotos del festejo posterior. Sabemos que es un momento especial e importante, es la iniciación de nuestra vida cristiana, la “puerta” para el resto de los sacramentos.

Es tan maravilloso lo que sucede en ese momento que las fotos son incapaces de capturarlo. ¿No nos sucede eso siempre que vemos las fotos de unas vacaciones o algún momento especial?. La foto se queda tan “corta” y es tan limitada en capturar la felicidad o la belleza del momento. Captura externamente sólo lo que es capaz, y el verla tal vez nos ayude a recordar los detalles, el hotel en el que estuvimos, la gente que fue a la fiesta o incluso la ropa que usamos, pero sobretodo nos recuerda el sentimiento del momento, evoca en nosotros lo que vivimos que, con la fotografía intentamos capturar para siempre.

Probablemente el ver fotos de nuestro bautismo no evoque mucho del momento, o tal vez sí. Porque lo que se intenta capturar en ese momento es tan profundo, tan impresionante y maravilloso que una foto no será capaz de expresar lo que interiormente sucedió. Con esto comprendemos verdaderamente el significado de los sacramentos, que son “signo visible de la gracia invisible”, un gesto tan sencillo como derramar agua, una fotografía tan limitada, nos intentan transmitir una experiencia interior que parece ser insondable. Comprendamos o no lo que sucedió ese día, cambió nuestras vidas para siempre. A partir de ese momento, nuestro Dios al mirarnos, nos dice como a Cristo: “éste es mi hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17). Nos lo dice a cada uno, somos sus hijos amados liberados del pecado (1213 CIC). “Dios no ha venido a condenarnos sino a salvarnos” (Jn 3, 17), y “los que lo hemos recibido, los que hemos creído en su nombre, nos dio la capacidad de ser sus hijos” (Jn 1, 12).

Un don recibido gratuitamente, sin hacer nada meritorio para obtenerlo, Dios nos otorga una vida nueva y en ese momento nacemos de nuevo, “se nos da la posibilidad de entrar en el Reino de los cielos porque hemos nacido en el agua y en el Espíritu” (Jn 3, 5).

Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo (Gal 3, 26-27). En ese momento se imprime en nosotros un sello espiritual indeleble (carácter) de nuestra pertenencia a Cristo (1272 CIC). Pertenecemos a aquél que nos ama hasta el extremo y con quien nos convertimos también en “hijos amados del Padre”, en hijos redimidos. Esto es lo que está “detrás” de las sonrisas de todos en la fiesta de nuestro bautismo. Sin saberlo festejábamos el nacimiento a una vida que nunca tendrá fin, hemos nacido para no morir nunca.

Bautizar significa sumergir, introducir dentro del agua; esta inmersión simboliza el acto de sepultarnos en la muerte de Cristo de donde salimos por la resurrección con Él. (1214 CIC). Entramos en el agua para ser purificados y renovados. Lo imagino como algo parecido a la sensación de estar dentro del agua mientras nos vamos quedando poco a poco sin aire, la desesperación y la lucha, el tirón del pecado que nos agobia; sin embargo, salimos dejando sumergida en el agua nuestra condición de hombre viejo, que se queda sepultada porque ni el pecado ni la muerte tienen la última palabra en nuestra vida. Y salimos ansiosos de ese primer respiro, salimos como “nuevas creaturas” (2 Co, 5 17).

Por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo quedando vinculados a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva (Rm 6, 4). Y es así, como en el pasaje evangélico toda la Trinidad se hace presente ya que, “apenas fue bautizado, Jesús salió del agua y, en ese momento se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y descendía sobre Él” (Mt 3, 16) y se escuchó después la voz del Padre que decía: “éste es mi hijo amado, en quien me complazco”.

Aplican también los otros llamados de la escritura como Cristo diciendo: “Vengan benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo” (Mt 25, 34), y se entra a la fiesta con estas palabras del Padre, “este hijo mío estaba muerto y ha entrado a la vida” (Lc 15, 24). En el momento de nuestro bautismo entramos también en esta vida divina presente a lo largo de nuestras vidas en la luz y en la oscuridad, en nuestra cercanía o lejanía, seamos o no conscientes. Porque nuestro Padre que está en los cielos, el que ve en lo secreto y nos conoce, “nos ama con amor eterno” (Jr 31, 3).

Todo esto sucede con el gesto sencillo del sacerdote en derramar agua en la cabeza del pequeño, “el amor de Dios es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5, 5). Este es el misterio escondido detrás de la fotografía de nuestro bautismo. En esa poca agua derramada se esconde un torrente de gracias que nos empapa y transforma nuestra vida para siempre.

Andrea Gómez, consagrada del Regnum Christi

Categorías: Oración

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