Ezequiel 37, 5
El hombre está hecho para realizar cosas grandes, nos contentamos con poco y tenemos anhelos infinitos. Vivimos en un continuo ahora qué, qué más puedo hacer, qué más puedo experimentar, qué más puedo conocer, a dónde más puedo ir, qué más me puedo comprar… ¿qué más puedo vivir?

Sin darnos cuenta nos introducimos en una búsqueda sutil de ser satisfechos llenándonos con lo que podamos. Blancos fáciles del primer vendedor ambulante que nos presente aquella novedad que promete cumplir nuestros sueños. Nos metemos en una vorágine en donde vemos de todo, leemos de todo, escuchamos de todo, hacemos de todo y sin embargo, nuestro corazón no parece saciarse ni ensancharse, sino anestesiarse.

En esa búsqueda constante de esa experiencia que nos haga sentir vivos, únicos y grandiosos, parece que nos vamos adormeciendo poco a poco. Que el mundo con sus noticias, sus problemas, su consumismo y la estructura que nos rodea nos arrebata la esperanza y la capacidad de soñar y de realizar aquello para lo que fuimos hechos. Nos encierra en nuestros miedos y egoísmos. El Papa Francisco nos interpela: “¿tienes un corazón que desea algo grande o un corazón adormecido por las cosas?, ¿tu corazón ha conservado la inquietud de la búsqueda o lo has dejado sofocar por las cosas, que acaban por atrofiarlo?”.

Jesús viene a este corazón anestesiado, no le asusta, no le frenan nuestros miedos o nuestro pecado que nos encierran y asfixian esos anhelos interiores de más. Viene para que vivamos, viene a tocar nuestros anhelos y heridas, “he venido para que tengan vida” (Jn 10,10). “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo” (Ef 5, 14).

No podemos “quedarnos encerrados, con las puertas cerradas por miedo” (Jn 20, 19). El Señor se nos presenta, entra en la habitación a puerta cerrada y se pone en medio de nosotros como en ese “valle lleno de huesos” (Ez 37, 1). Se planta delante de nuestra tumba, nuestro encierro y clausura. Y dentro de nosotros surge la duda, “¿podrán revivir estos huesos?” (Ez 37, 3), ya lo hemos intentado todo, lo hemos probado todo, ¿podrás tu saciarnos?.

“¿Quién nos retirará la piedra de la entrada del sepulcro? Pues es muy grande” (Mc 16, 3). Si has perdido el vigor interior, los sueños, el entusiasmo, la esperanza y la generosidad, ante ti se presenta Jesús como se presentó ante el hijo muerto de la viuda, y con toda su potencia de Resucitado el Señor te exhorta: “Joven, a ti te digo, ¡levántate!” (Lc 7, 14) (#20 CV). “Yo abriré sus tumbas, los sacaré de ellas” (Ez 37, 12). “Lázaro, sal fuera” (Jn 11, 43).

“¡Huesos secos, escuchen la palabra del Señor! Les voy a infundir mi espíritu para que vivan” (Ez 37, 5). Jesús nos llama a la vida, como lo hizo en la creación “sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre fue un ser viviente” (Gn 2, 7), lo hace ahora para darnos una nueva vida, “sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20, 22). “El aliento del todopoderoso nos da la vida” (Job 33, 4). “Llama al espíritu, hijo de hombre, llámalo y dile: Esto dice el Señor: Ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que vivan” (Ez 37, 9).

Y nuestro Dios que “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5), nos da una nueva vida, “nos da un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ez 36, 26). Despertamos de nuestro sueño y salimos de nuestro sepulcro. Él Señor nos llama a realizar grandes obras.

El cristianismo no es un camino aburrido o paralizante, no nos limita, sino que nos lanza, ¿buscamos retos?, ¿buscamos pasión y aventura?, ¿buscamos más?… Qué mayor reto, pasión y aventura que ser, en palabras del Papa Francisco: “el ahora de Dios”. «Vivir esta nueva vida que Dios nos da y que nos empuja, un soplo de vida que nos mueve. Amigos, Jesús es el Señor del riesgo, del siempre “más allá”. Jesús no es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría, esa alegría que nace del amor de Dios» (Vigilia de oración, JMJ Cracovia).

¿Buscas intensidad? No la vivirás acumulando objetos, gastando dinero, corriendo desesperado detrás de cosas de este mundo. Llegará de una forma mucho más bella y satisfactoria si te dejas impulsar por el Espíritu Santo (#131 CV). Dios responde a nuestro deseo de más, con creces. “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rm 8, 26). “Viviremos con Cristo” (Rm 6, 8). El viento aviva en nosotros el fuego del amor por Cristo.

Andrea Gómez, consagrada del Regnum Christi

Categorías: Oración

0 commentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *