Isaías 43, 1
Estamos en una sociedad en la que todo es válido, si se te ocurre y se puede hacer, adelante. Ciertamente esto abre la puerta a mucha creatividad y pensamiento «fuera de la caja», lo cual puede ser muy bueno, pero también abre la puerta a muchos desvaríos. Esta espontaneidad y búsqueda de lo diferente toca temas desde la propia vestimenta hasta la sexualidad. Va impregnando aspectos de nuestro día a día que suelen pasar desapercibidos, pero que tocan hasta lo más profundo del corazón humano.

Es verdad, que elegir lo que nos ponemos todos los días tampoco es que sea lo más esencial en la vida, pero un acto tan normal como una expresión de nuestra personalidad. Mucho de lo que vemos o hacemos termina tocando y definiendo, o incluso desdibujando algunos aspectos de nuestra identidad.

Puede haber muchos ejemplos de esto, pero uno que me ha llamado particularmente la atención es el de los nombres de las personas. Es verdad que hasta ahora la gente con la que nos encontramos en el día a día suele tener nombres bastante normales. Pero los influencers o famosos, que son los líderes culturales de nuestra sociedad y muchas veces nuestros modeladores de conducta, han estado marcando tendencia en este campo. Sólo con ver el nombre que Elon Musk, creador de Tesla, le ha puesto a su hijo: X AE A-12, o al menos eso sabemos hasta ahora. O está el caso del cantante Prince que cambió su nombre por un símbolo impronunciable. Están de moda también nombres originales como: Arlo, Wyatt, Bear, Ace Knute, Harper Seven, Blue Ivy entre muchos otros que tienen un toque bastante único. Tiene su gracia, qué mejor que el nombre de tu hijo sea el único de todo el colegio. No hay en sí un problema con estos nombres, y creo que no tienes que nombrar a tu hijo simplemente por encajar en la sociedad, estoy de acuerdo. Pero al escuchar la noticia del nombre del hijo del magnate tecnológico Musk, no pude evitar pensar en Dios que nos llama por nuestro nombre. Ya Dios encontrará la forma de pronunciar el nombre del hijo de Musk. Pero, el punto no es si el nombre nos gusta o no, o si nuestro nombre es más o menos original, sino que para Dios y en el pueblo judío, el nombre revelaba la identidad de la persona. El nombre tocaba sus fibras más profundas y les decía algo de quién era y de su misión. ¿No será el cambio de estos nombres una muestra más de la falta de identidad profunda que aqueja a nuestro mundo?.

En la Sagrada Escritura hay muchos momentos en los que Dios da un nuevo nombre que le revela a la persona su auténtica identidad-misión. Como con Abraham, Dios cambió el nombre de Abram, que significa «padre enaltecido», por el de «Abraham», que significa «padre de una multitud» (Gn 17,5). Jesús cambió el nombre de Simón, que significa «Dios ha escuchado», por el de «Pedro», que significa «piedra», cuando por primera vez lo llamó para que fuera su discípulo (Jn 1,42). O en el caso de san Pablo, cambió su nombre de Saulo que significa “destructor”, a “Pablo” que significa “chico o pequeño”. Esto se ha perdido en la sociedad actual, no recibimos nuestros nombres de Dios sino de nuestros padres y puede ser porque les ha gustado, por un libro, alguna película o tradición familiar. Es verdad que nos da a cada uno una identidad y se convierte en parte de nuestra vida. Expresa quiénes somos, respondemos a ello, va con nosotros a donde sea que vayamos. Es el “tatuaje” permanente que recibimos el día que nacimos.

Hay algo particular cuando escuchamos a alguien llamarnos por nuestro nombre. Es diferente que nos llamen con un “hey tú” o un “oye”, a que pronuncien nuestro nombre. Es el sentimiento que nos recorre cuando el profesor dice nuestro nombre en la clase, o cuando la persona que más queremos lo menciona. Es el impacto de cuando leemos a Jesús diciendo: “María” (Jn 20,16), sin más, cuando tienen su primer encuentro en la resurrección. Tiene una fuerza, una profundidad y una intimidad ese momento, que se logra sólo con pronunciar su nombre.

En los campos de concentración o en las cárceles le arrebataban a la gente su identidad, mismo corte de pelo, misma vestimenta, nada particular, y son sólo un número más entre muchos otros. Es la angustia de Jean Valjean en la obra de “Los miserables”, preguntándose quién es, si es sólo un simple número, «24601». Es la fuerza que transmite cuando responde con su propio nombre.

Así Jesús nos llama a cada uno, “Él las llama por su nombre” (Jn 10, 3), no las llama en general o en conjunto, como si Jesús no conociera el plural. Nos dice: “te he llamado por tu nombre y eres mío” (Is 43, 1). No como esa posesión de la que huimos por sentirnos esclavizados, sino una posesión liberadora porque nos expresa quiénes somos, “esa íntima esencia que sólo Dios conoce en profundidad” (Papa Francisco). Por esto mismo, la escritura nos dice los nombres de los doce apóstoles (Mt 10, 2-4), y sin embargo el joven rico se queda en el anonimato, incapaz de descubrir su auténtica vocación y proyecto de santidad.

Podemos estar seguros de que hay una historia interesante o un por qué a esos nombres de los hijos de gente famosa. Pero el nombre que Dios pronuncia al vernos, al llamarnos, es capaz de tocar nuestras fibras más profundas y de responder la pregunta no solamente de quiénes somos, sino sobre todo quiénes somos a sus ojos, y ahí descubrimos nuestra verdadera identidad.

Que en el fondo de nuestro corazón podamos escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre, el que Él nos ha dado.

Andrea Gómez, consagrada del Regnum Christi

Categorías: Oración

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