Salmo 26
A Dios le gusta jugar al escondite. Esto no lo enseñan en clases de teología ni lo dice ningún doctor de la Iglesia, pero aparentemente le encanta. Se esconde, y supongo que es comprensible que lo haga, la misma Escritura nos dice: “no podrás ver mi cara porque quien la ve no sigue vivo” (Ex 33, 20), “me verás de espaldas porque de frente nadie me puede ver” (Ex 33, 23).

Si Dios se nos manifestará con toda su gloria, su poder, omnipotencia y amor tal vez reaccionaríamos como el pueblo judío que “temblaba y se mantenía a distancia” (Ex 20, 18). Es un Dios que se nos esconde y al que buscamos incesantemente. Ante esta realidad surge en nosotros la petición del corazón: “me dice el corazón busca su rostro. Sí, tu rostro, Señor, es lo que busco; no me ocultes tu rostro” (Salmo 26, 8-9). Nos ocurre tantas veces que lo buscamos y no lo encontramos. “Nos levantamos, recorremos la ciudad, las calles y las plazas, buscando al amor de nuestra vida; lo buscamos y no lo encontramos”, (Cantar 3, 1-2). O puede ser que no lo reconocemos y le pedimos de nuevo “no me escondas tu rostro”.

Esto es particularmente contradictorio con la realidad de que también es Dios quien sale a nuestro encuentro, quien toma la iniciativa, quien “nos ama primero”. No parece ser un Dios a quien le guste esconderse. Quiere darse a conocer, quiere revelarnos su verdadero rostro, anhela, si nos podemos atrever a decir esto de quien todo lo tiene, ser conocido y amado. Y por eso nos pregunta, “¿quién dices que soy yo?” (Mt 16, 15). Pregunta difícil de contestar en un mundo que nos desfigura constantemente el rostro de Cristo y nos presenta una imagen de Dios falsa e incompleta. Pero Dios quiere que le conozcamos de verdad.

Toda la escritura, el antiguo y el nuevo testamento son una paulatina revelación de su auténtico y verdadero rostro. Como quien no tiene prisa en explicarle algo al niño pequeño y se lo va explicando y revelando poco a poco. “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas, ahora en este momento final nos ha hablado por medio del Hijo” (Heb 1, 1-2). “Y cuando el Padre envía su Verbo, envía también su Aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es quien se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu Santo quien lo revela” (#689 CIC).

A nuestra petición de ver su rostro y de conocerlo tal cual es, Dios nos toma de la mano y nos lleva como a sus apóstoles “a una montaña muy alta a solas” (Mt 17,1). Y ahí “mientras oraba, cambió el aspecto de su rostro” (Lc 9, 29) “y se transfiguró en su presencia. Su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (Mt 17, 1-2). “Aún estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió, y una voz desde la nube decía: éste es mi hijo amado, en quien me complazco, escúchenlo” (Mt 17, 5).

Aquí el Dios escondido se revela. Es un misterio, pero contemplamos el rostro de Cristo y escuchamos la voz del Padre envueltos en la presencia del Espíritu. Y entonces presenciamos el auténtico rostro de Dios. Subimos a la montaña, lugar de silencio y soledad. Nos ponemos en oración, lugar de encuentro con Dios. Y como Moisés, “entramos en la densa nube en donde estaba el Señor” (Ex 20, 21), la nube que indica la presencia del Espíritu Santo (#555 CIC). Entramos en la tienda del encuentro y la gloria del Señor llena la morada (Ex 40, 34), nuestra morada.

Desde el fondo de nuestro corazón decimos como los apóstoles en el Tabor: “Señor, ¡qué bien estamos aquí!” (Mt 16, 4). “Queremos abrazarlo y no soltarlo” (Cantar 3, 4). Ahora podemos decir como san Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Ante lo que Jesús nos responde, dichoso tú, eso no te lo ha revelado ningún mortal, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17).

Queremos ver el rostro de nuestro Dios, queremos descubrir el rostro de Cristo en nuestras vidas, el rostro de aquél a quien seguimos e imitamos, el rostro de aquél a quien amamos y es nuestro Rey.

Queremos escucharlo como nos pide el Padre. Y ante esto Cristo mismo nos dice: “les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Espíritu Consolador no vendrá a ustedes; pero si me voy, lo enviaré” (Jn 16, 7).

En la transfiguración Jesús nos mostró su rostro; en el calvario, Jesús nos mostró su rostro; en Pentecostés, Jesús nos mostró su rostro y entonces comprendimos. “El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recuerden lo que yo les he enseñado y les explicará todo” (Jn 14, 26). “Tendría que decirles muchas cosas más, pero no podrían entenderlas ahora. Cuando venga el Espíritu de la verdad, los iluminará para que puedan entender la verdad completa” (Jn 16, 12-13).

“El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de nuestro corazón para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llama” (Ef 1, 17-18).

Después de pentecostés nos convertimos en verdaderos testigos, (Jn 15, 27). “Recibimos la fuerza del Espíritu Santo que viene sobre nosotros y somos sus testigos” (Hch 1, 10), porque hemos visto su verdadero rostro. “No les ocultaré más mi rostro, porque he derramados sobre ellos mi Espíritu” (Ez 39, 29) Aunque es imposible expresarlo en palabras, como bien dice san Pablo (2 Cor 12, 4), aunque nosotros no lo sepamos, nuestro rostro irradia luminosidad por haber hablado cara a cara con el Señor (Ex 34, 29).

Andrea Gómez, consagrada del Regnum Christi

Categorías: Oración

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